La casa vista por una gran colaboradora

NOCHES OSCURAS CON ANSIAS DE LUZ

Mi primer encuentro con “la Noche Oscura del Alma” vino de la
mano de la Literatura, no sabría asegurar si fue en una clase de
bachillerato o en un aula universitaria, pero en cualquier caso la
viví con el gozo estético y la admiración debida a su autor: el
poeta místico San Juan de la Cruz. Y en ese formato literario de
poema e incluso de canción, desde que lo musicara Amancio
Prada, se mantuvo durante muchos años en mi vida, sin que
alcanzara a comprender el verdadero significado de las palabras
de su título, ni el carácter iniciático de “Camino a la
Espiritualidad” que, andando el tiempo, iban a significar para mí.
Somos muchas las personas que, en algún momento de nuestra
vida vivimos una situación clave, UNA NOCHE OSCURA, que nos
atrapa como si estuviéramos en plena encerrona o en un callejón
sin salida. Y ello, puede deberse a: una enfermedad (física,
mental o emocional), propia o de alguien cercano, que se
prolonga sin aparente solución; una penuria económica a la que
no se ve fín; una soledad por pérdida, ruptura o abandono
familiar; una experiencia traumática cuya solución parece
inalcanzable; etc…
Somos muchas menos las personas que, atravesando situaciones
como las descritas o similares, hemos encontrado una hermosa
guía, una estrella, que nos sirve de salida del laberinto de lo
humano y, además, como inicio o continuación del Camino del
Espíritu.
En mi caso esta guía tiene un nombre propio en la Casa de
Acogida Pepe Bravo de la localidad malagueña de Alozaina.
En “lo humano”, en este lugar hallé, y sigo encontrando, gran
parte de los contenidos que mi imaginario de sanación había
forjado como salida a mi sufrimiento y al de la persona que me
acompaña en este proceso: un espacio de afecto y comprensión
donde Crecer y Ser, dejando atrás la vieja historia que nos había
hecho llegar a este rincón.

Cuando llegué, enredada entre el presente y el futuro, entre lo
que era y lo que quería que fuera, no sabía la importancia que
para la salud de mi mente y de mi alma iba a suponer mi
permanencia en el “Presente”, escapando así del peso de lo que
había sido para abrir las puertas a lo que acontece en cada
momento.
Esta marcha al Presente, -a “lo que es”-, gradual e imperceptible
ha sido posible gracias al grupo humano que en cada momento
han conformado la realidad cotidiana de la Casa de Acogida.
Constituido por una gran variedad de personas: procedentes de
distintas regiones (Andalucía, Asturias, Galicia, las dos Castilla,
Madrid, Valencia, etc…) y países (Argentina, Bélgica, Cabo Verde,
Rusia, Venezuela, etc…); con distinto régimen de acogida:
residentes, voluntarias o visitantes; y con otras diferencias,
físicas como la edad o el sexo, o sociales como el grado de
parentesco o la formación y actividad laboral. Añadiendo a tanta
diversidad, una constante variación numérica, consecuencia
lógica de los vaivenes del transcurso del tiempo con su fluir de
gentes: unas que parten y otras que se integran en este “Proyecto
Común de Vida”.
La conciencia de pertenencia al grupo, con independencia del
número y calidad de quienes lo conformamos en cada momento,
es el pilar fundamental sobre el que se asienta la “con-vivencia”
en la Casa, trazando una red propia de relaciones, no exenta de
tensiones y conflictos ocasionales, al estilo de una “Gran
Familia” en la que cada miembro tiene su propia función y
responsabilidad en el marco de unas normas básicas de respeto,
comprensión y ayuda mutua.
Es esta conciencia de pertenencia al “Grupo Familiar” la que
facilita: la rápida integración de los nuevos miembros, aceptados
sin “las etiquetas que pudieran traer colgando”; el respeto a los
proyectos individuales de cada uno; la alegría por el progreso y
los logros personales; el reconocimiento al trabajo y esfuerzo
realizado en las tareas encomendadas; la colaboración en
labores específicas (sea descargar la furgoneta con la compra,
desplazar objetos o mobiliario, preparar una merienda o un
evento, etc…) con tan admirable coord inación entre los
participantes que, lo que en un instante parece imposible o
costoso, resulta un logro milagroso en el momento siguiente.

Como en todo grupo familiar, la Casa en la que se asienta,
constituye un enclave básico en el que el sanador “Presente” se
plasma continuamente en la multitud de tareas a abordar
diariamente por todos sus habitantes: las rutinarias como el aseo
personal, la compra, la preparación de las comidas, la limpieza,
el lavado, el acudir a las consultas médicas y otras muchas; las
formativo-terapeúticas como los múltiples talleres (de costura,
carpintería, dibujo, sevillanas, jardinería, etc…) o las terapias
individuales o grupales; las recreativas como marchas, salidas,
excursiones, etc…; y los múltiples eventos que constituyen un
flujo continuo de personas que, con su ir y venir por las
distintas estancias de la Casa, sacan a sus habitantes de la
monotonía del día a día para llevarlos, en alegre regocijo, a
interactuar con estos visitantes ocasionales bien para indicarles
la Sala de Reunión, el Comedor, la habitación que ocupan o,
simplemente, para charlar amablemente o participar comúnmente
en la actividad del momento.
Es en el desenvolvimiento de estas tareas cotidianas en las que
poco a poco, por la exigencia de la “atención en el hacer”, va
aflorando el Presente y, con él, la descarga del peso de un
pasado saturado de dolor que, con la comprensión amorosa de
los compañeros bajo la mirada de sus guías-estrellas Mariló y
Nacha, se va haciendo más liviano cada día en espera de la
circunstancia o la ocasión que permita a sus habitantes la salida
a la vida exterior.
En “lo espiritual”, en la Casa de Acogida Pepe Bravo, he
e n co nt r ad o u n m u n d o d e ex p e r i e n c i a s d i v e r s a s q u e ,
aparentemente concretadas en las pequeñas historias de sus
habitantes, también de sus visitantes, me han permitido salir de
mi inicial posición “com-pasiva”, considerando al otro como
objeto de mi cuidado y atención, para adentrarme en el camino
del “Amor a mí” como paso ineludible para “Amar al otro”.
En este paso a “lo amoroso” me han servido de guía la multitud
de talleres y encuentros, celebrados en la Casa, a los que he
po d ido asistir en e stos últimos me se s. Su s enseñanzas,
preferentemente de carácter espiritual han impregnado mi alma
de una esencia tal que, poco a poco y casi en silencio, se ha
pro ducido la transmutación de m i suf r im iento en una
“comprensión amorosa de lo que es”.

Esta aceptación de “lo que es” como una experiencia de vida me
ha permitido asimilar mi “vieja historia de sufrimiento” y traerla
al Presente, donde su simple comprensión y valoración la ha
disuelto para dar paso a una nueva interactuación con la
realidad, asentada en conceptos tan valiosos y nuevos para mí
como: Elegir, Estar en Presencia, Comprensión Amorosa de lo que
Acontece, o Amor Incondicional.
A iniciar este bello “Camino del Espíritu”, han contribuido muchas
personas y situaciones que han ido colmando a largo de mis
últimos años las ansias de mi alma en busca de consuelo, pero
indudablemente la Casa de Pepe Bravo, como CENTRO DE
SANACIÓN, ha sido y sigue siendo para mí un útero materno en el
que renacer continuamente y una fuente nutricia donde beber de
las muchas esencias en las que se manifiesta el Espíritu.
En definitiva la Casa de Acogida de Alozaina, como gran
CENTRO ESPIRITUAL que es, significa, parafraseando el principio
y el final del Poema San Juan de la Cruz, el lugar al que mi
alma llega “en una noche oscura, / con ansias, en amores
inflamada” y en el que, tras comprender la importancia de
abandonar el sufrimiento al reclinar el rostro sobre el Amado
(Dios, Universo, Divinidad del Ser): “cesó todo y dejéme, /
dejando mi cuidado, / entre las azucenas olvidado”.
Muchas Gracias a todos los que están, o han pasado por la Casa,
por ayudarme y acompañarme en este proceso de transformación
personal, especialmente a Nacha y Mariló que siguen atendiendo y
guiando a muchas personas, como a mi querida laura, a dejar
atrás su noche oscura.
Un fuerte abrazo a todos, de Ana María Anasagasti Valderrama

Sevilla 15 de julio de 2019