Llenos de magia


Nuestros queridos Xavi y Noelia de Proyecto O Couso nos visitaron por primera vez, trayendo como regalo a Josy. En los siguientes párrafos Xavi nos describe los bellos momentos compartidos. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS

Los caminos parecen interminables. La sensación de atemporalidad, fuera de todo espacio y tiempo, no sólo desde ese caminar por Santiago hasta Gijón y de ahí cruzando toda la piel de toro hasta el sur más recóndito, recorriendo cada una de sus provincias y de sus lugares. Conociendo además a gente maravillosa, produciendo en el corazón la promesa de la acción grupal, de la iniciación comunitaria. Es cierto que las presentaciones se presentan como excusa para conocer lugares y gentes. No importa que hayamos vendido pocos libros o que en las presentaciones fuéramos cinco o seis personas. Lo que importaba realmente era la excusa para conocer a almas que te impresionan y te conmueven.

Después de Gijón, Madrid, Huelva, Córdoba, Sevilla, Granada, Málaga y ya no recuerdo qué más lugares, terminamos perdidos en la Sierra de las Nieves, en un pueblecito blanco llamado Alozaina. En Málaga habíamos disfrutado con la compañía de Choni, Carlos, Dolores y sus hijos Pepe y Gonzalo. Su acogedora hospitalidad y amistad nos hacían disfrutar del momento único de estar juntos, como si de verdad se tratara de esa familia extensa que a veces se nos presenta en forma de amigos. Choni nos recordó que era la tercera vez que nos veíamos, y la sensación que tenía al estar con ellos era de cómo si nos conociéramos de toda la vida. ¿Sólo tres veces, con todo lo vivido?

Rafa también hizo que se precipitaran las cosas. Fue nuestro puente, nuestro antakarana. Echamos de menos a su familia, pero de alguna forma estaba allí presente. Nos encantó conocer a Antonio, nuestro anfitrión y propulsor de la obra de los Ángeles de la Noche, una organización que da de comer todos los días a más de mil personas con dificultades de toda clase. TpI2mI0xaIQiTIWZkcbywRcp26mQtGSD7ZoUbiEST4sM8HodY3nwEQCjpM6lcg2tAntonio era una persona peculiar, con una historia tremenda y una visión clara. Su sueño más profundo lo compartió con nosotros: dar de comer a las almas, y no sólo a los cuerpos. De alguna forma ese alimento lo llevamos siempre con nosotros. De ahí que la nueva buena nos sirva como excusa para alimentar esos deseosos espíritus.

Eso nos pasó en Alozaina, en la casa de acogida de Pepe Bravo. Todo el encuentro fue una locura avivada por espíritus libres, por auxiliares invisibles que atendían a los más desprotegidos desde los planos luminosos, por auxiliares de carne y hueso que hacían de su particular entrega una fiesta continua. Mariló fue nuestra maestra de ceremonias, la que nos condujo por todas las moradas de aquel peculiar recinto cargado de amor, de abrazos y miradas infinitas, de risas y llantos. Pero sobre todo, la que nos condujo hasta los pies de una verdadera maestras: Inga. Una persona que iba en silla de ruedas, que despertaba una compasión infinita cuando la veías temblar de arriba abajo por culpa de su parkinson avanzado. Un ser que nos sorprendió por su alegría, por su inteligencia, por su sensibilidad, por su coraje. Fue increíble cuando en la meditación que dirigió nuestra querida Josy, la protagonista de todo cuanto estaba ocurri
endo, Inga dejó de temblar. De repente irguió todo su cuerpo y habló desde otro lugar, desde otra dimensión. Nos quedamos boquiabiertos. Sentimos una emoción difícil de contener. Es como si Inga hubiera resucitado de repente a otra nueva realidad.

Después de cenar en la sala común donde los males y las bonanzas se compartían de igual forma, de repente vimos a Inga jugar al pingpong con Josy. No podíamos creer lo que estábamos viendo. Josy me cedió el puesto tras algunos golpes bien ajustados al tablero y descubrí en mis carnes la fuerza de esa asombrosa mujer. Su perfección en el juego del pingpong, su buen humor y su coraje agarrada con una mano al tablero mientras con la otra, y ya de nuevo con los temblores, soltaba golpes imposibles a la raqueta y la pelota. En uno de ellos tropezó y terminó en el suelo, pero se levantó cargada de una fuerza inusual exclamando: me he hecho daño, pero como todas las veces. La fiesta terminó en el apartamento de Inga a altas horas de la noche tocando unos tambores mientras bailábamos alocadamente. Como si la tribu de antaño se hubiera reunido de nuevo alrededor del fuego, como si la energía grupal volviera de nuevo a su justo lugar.

Sí, estamos cansados, agotados. Ya volvemos a casa de nuevo. Ya terminó el viaje. Pero nuestros espíritus regresan cargados de aventuras, de lugares, de paisajes, de seres. Nos sentimos afortunados por todo lo vivido. La vida sigue, ahora llenos de magia…”

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