Una sola voz


Una convocatoria sentida desde algún lugar muy hondo y muy verdadero.

Una íntima confianza en que iba a ser un experiencia linda y valiosa.

Un sentimiento de acompañar y encauzar un movimiento que se estaba dando
por sí solo.

El gozo de las primeras inscripciones: gente relinda…

Un tiempito de incertidumbre: ¿Se apuntará más gente? ¿Se dará bien? ¿La
gente quedará contenta? ¿La casa quedará contenta?

Empujón de inscripciones a última hora: tranquilidad… Y a la vez vértigo.
La Casa de Pepe Bravo como navío grande, precioso y fuerte izando velas.

Dos tripulaciones: La tripulación de cubierta, la que va a vivir la
aventura encaramándose en las cuerdas y en los palos; y la tripulación del
interior del casco, familia que conoce bien el barco porque forma parte de
él, manteniéndolo, y cuidando y nutriendo a la de cubierta.

Viaje bello desde el primer momento. Capitán indispuesto pero dispuesto,
porque poco tiene que hacer: el viento sopla favorable y las dos
tripulaciones se mueven ágiles, eficientes, articuladas, sinérgicas.

Pura vida. Pura intensidad. Puro reto. ¡Aventura!

En muchos corazones una tormenta. En otros muchos una brisa fresca. En
todos un firme y gozoso impulso hacia adelante, hacia afuera, hacia
adentro… Un latido común, una vibración armónica, y el navío surcando las
olas ligero y majestuoso hacia tierras desconocidas.

Miradas brillantes y manos bien agarradas. Fuera mapas y rutas marcadas: el
canto lleva el rumbo. Los tambores llevan la danza. El amor es el viento
que expande las velas y los pechos.

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