La Casa de Pepe Bravo 2


“Mariló me dice que, como yPepe y Andréso era amigo de Pepe Bravo, escriba algo que pueda servir de información a quienes pudieran tener curiosidad por saber quién era Pepe Bravo, el fundador de LA CASA DE PEPE BRAVO.
– Coincidimos en 1972 en una búsqueda o indagación espiritual que tenía como base el yoga. Ahora todo el mundo sabe lo que es el yoga pero entonces apenas se conocía. Esa inquietud fue el lazo que nos unió durante 38 años. Y por este motivo recorrimos, se podría decir, casi medio mundo. Después de tanto recorrer llegamos a la conclusión de que hay que caminar menos por fuera y más por dentro. Las investigaciones en el campo de lo no visible fueron, hasta el final, una inquietud constante en Pepe Bravo. ¿Por qué caminábamos juntos?. Porque éramos hermanos. A veces este tipo de amistad intensifica más la relación y el entendimiento que entre los hermanos de padre y madre. Una curiosidad sobre esta afinidad: Paqui, su mujer, le comentó en una ocasión a mi hija refiriéndose a nosotros: “¡No lo puedo entender, con lo distintos que son, lo bien que se llevan!”. Siempre estuvimos de acuerdo en todo. Nunca discutimos por nada.
– Como trabajador era incansable y como inteligente y hábil, fuera de serie. Le “metía mano” a todo. Tenía una extraordinaria destreza para hacer cualquier cosa y bien. Sabía mucho de muchas cosas. Su fuerza física era increíble y la voluntad de hierro cuando se proponía algo. A veces se proponía muchos algos a la vez y alguno tenía que esperar. Por ejemplo: se hizo una vivienda en la terraza alta de su edificio y para tapar la ventana del dormitorio-baño puso provisionalmente sobre el hueco de la pared una tabla de madera, atada con una cuerda, mientras hacía una arabesca definitiva. En la ventana del otro dormitorio, por el mismo motivo, puso un cartón. El aire helado de la sierra entraba en invierno por allí como Pedro por su casa. Así durmió y así vivió años y años, con la tabla y el cartón, mientras dedicaba su tiempo a otros algos. No eran estos los únicos huecos por tapar. Un invierno, en uno de esos espacios “ahuecados”, el más grande de la casa, cogí un resfriado que casi me dura todavía a pesar de estar, creía yo, abrigado. Por contra él hacía frente a las inclemencias de diciembre y enero con su uniforme habitual: un mono y sus ”antoñitas”: unas alpargatas de suela de coche y cintas de romano con una tira de cuero en el empeine y otra en el talón, lo que suponía llevar el 60% del pie al aire. De esta guisa se presentó en una ocasión en un banco para avalar a dos colegas que recurrieron a él para esta operación. Los colegas no sabían qué hacer para “disimular” en ese momento a las “antoñitas”. No es que no tuviera ropa, su familia le tenía los armarios llenos, pero en esto era de piñón fijo. Alguna vez lo vi con calcetines y jersey, era porque había cogido un resfriado de primera división que se curaba con hierbas. Así le duraba. Siempre se curaba con ayunos, plantas y remedios caseros. Destilaba plantas y hacía mejunjes curativos. Tenía una verdadera herboristería con productos recogidos del campo. Él era así. Es lo que había.
– No he conocido a nadie que trabajara tanto como Pepe Bravo: de sol a luna y de lunes a lunes. Pero siempre haciendo lo que quería, lo que le gustaba, lo que le daba la gana. Cuando lo despedimos en la iglesia de Parcemasa en Málaga, sonó en la megafonía la ranchera “Yo soy el rey”, que nos conmovió a todos:
“Con di-ne-ro y sin di-ne-ro…, siempre hago lo que qui-e-ro… ¡ mi voluntad es la leyyyyyy… !
Ese día lo acompañé por última vez desde la iglesia, a través de los pasillos interiores del edificio mortuorio con la única compañía del empleado que empujaba al féretro, hasta el mismísimo pie del horno crematorio. Solo faltó introducirme allí, con él, como antes habíamos hecho, juntos, en tantos y tantos lugares y ocasiones. Y a su lado estuve hasta que me echaron de allí. ¿Sería consciente de mi acompañamiento hasta ese límite final?.
– Trabajó como catorce chinos juntos, montó cooperativas, instaló talleres, reparó todo lo que le llevaron o cayó en sus manos; nadie se iba de su taller sin ser atendido porque era extremadamente servicial. Trotaba de pueblo en pueblo y de taller en taller arreglando máquinas. En el campo “rodaba piedras ” – como él decía – y no se cansaba de desbrozar, escardar, podar, sembrar, recolectar, regar y labrar el “Hornillo”, su Hornillo, donde se refugiaba siempre y se sentía contento. En una ocasión, en el Hornillo, que está en la sierra, cuando tenía cargado su vehículo con naranjas nos dimos cuenta de que una rueda de su todo terreno estaba pinchada, y su reacción fue reírse a carcajadas por el despiste: naranjas abajo, cambio de rueda, vuelta a cargar y, en todo a momento, cantando y riéndose. Contento. A su tío, que era el dueño de las naranjas, no le dio un infarto de milagro porque, además, habíamos llegado tarde para que las naranjas pudieran llegar a su destino a tiempo.
– A veces le daba por hacer caminatas de supervivencia que significaba lanzarse al campo sin más alimentos que los que recogía por el camino. Era vegetariano. En estas caminatas no lo seguí. En las subidas al Hornillo e ir a beber agua en el manantial del nacimiento de algún río sí. Y en dormir la siesta entre los maizales recién regados en pleno verano o sobre una piedra en lo alto de la sierra, en la que saltaba como un gamo, también: la sierra, su sierra, a la que lo llevaron en su última escalada el 3 de mayo de 2010.
– Disfrutamos de la naturaleza exterior y batallamos en la interior. Nuestro tema era constante: ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Por qué y para qué hemos venido? ¿Qué tenemos que hacer aquí?. Me decía, tirándose de las barbas, que no se iría de este mundo sin aclarar “este cotarro”. Irse se ha ido. ¿Aclarado…?
– Montó una fábrica y se complicó la vida. Dio mucho trabajo a muchas personas y pienso que ganó dinero. Digo pienso porque nunca hablamos sobre este tema. Ni yo le preguntaba ni él me lo comentaba. Nuestro motivo de conversación era otro. Pero las subidas al Hornillo se distanciaron y terminaron. Cada vez construía más, producía más y trotaba más, pero vivía peor: el aire continuaba entrando en pleno invierno en su refugio; las ventanas continuaban sin colocar.
– Yo seguía yendo a su casa y comíamos gachas con cuscurros de pan frito, leche y miel; los dos solos, junto al humero. Y hablábamos, hablábamos, hablábamos mientras echábamos troncos en la chimenea y los contemplábamos chisporrotear al saltar en la lumbre mientras atizábamos el rescoldo y lo avivábamos soplando con el tubo. A veces fuera llovía y hacía frío, mucho frío. El tema era siempre el mismo: de dónde venimos, adónde vamos… Inacabable e indescifrable. En ocasiones nos acompañaron algunos amigos de su infancia con los que él discutía, y discutía y discutía… A voces. Muchas voces
– Un día, una de esas noches, le dejé un libro de Moody. Era una nueva investigación del autor norteamericano de “Vida después de la vida”. La investigación consistía, después de hacer una limpieza corporal de semi ayuno y mental a través de la meditación, en ponerse con una luz tenue frente a un gran espejo y mirar lo que pudiera aparecer en él. Según el autor se verían muchas figuras, algunas hasta se saldrían del espejo. Cuando volví de nuevo por Alozaina le pregunté: Pepe, ¿hiciste lo del espejo? Y me respondió: “Sí, empecé pero no tuve valor para seguir”. Bueno, la palabra valor la sustituyó por otro término más expresivo. Hay que tener en cuenta que entonces vivía solo en la casa, en ese caserón, era de noche e invierno, silbaba el aire al entrar por las rendijas y no rendijas y llovía fuera. Como en las Leyendas de Bécquer.
– La fábrica creció y creció. Y se lo comió. La producción se fue a Marruecos y se encontró con un muerto que tenía que mantener vivo mediante una UCI. En esas circunstancias le surgió una idea acorde con su forma de ser: en el pueblo hay viejos, me dijo, que están como están muchos viejos cuando son viejos. Si yo me los traigo aquí vivirán mejor. Tendrán sitio para sembrar cosas, lo que a ellos les gusta, echan de menos, están acostumbrados y les servirá de entretenimiento. Cosas que echaremos en la olla junto con las del Hornillo: tomates, pimientos, patatas, cebollas… Así, de nuevo, esto cobrará vida; cobrará vida al mismo tiempo que será útil y se hará una buena obra. “Porque veo viejos en los bares del pueblo esperando que alguien “les eche un café” ya que muchos de ellos se lo han dado todo a los hijos y ahora no tienen ni para ese café – añadía –“. Dicho y hecho. Y empezó a taladrar el edificio, como si fuera un queso, para adaptarlo a la nueva finalidad. Martillo o machota y cincel en mano abría muros, derribaba tabiques, comunicaba espacios, construía escaleras, aprovechaba huecos…, se destrozaba vivo. Pero contento, muy contento, siempre contento. Lo que “aquella criatura” trabajó y las toneladas de hierros de la ex fábrica que personalmente arrastró y tiró no tiene parangón. Y después de tan titánicos esfuerzos aparece la Junta de Andalucía diciendo que aquello no reunía condiciones para alojar viejos.
– Como lo de los viejos “no ha salido” – me dijo -, he pensado que los niños… Y aquí tenemos de nuevo a Pepe Bravo haciendo literas para niños y niñas como un descosido, arrastrando por un lado todo lo que pillaba a su paso o le daban, y tirando por otro, para hacer hueco, todo lo que sobraba en aquellos enormes espacios llenos de máquinas, hierros y recortes de tejidos. Los niños le gustaban muchísimo y tenía mucha habilidad para tratar con ellos. Siempre que recurrían a él los trataba con mucho cariño y comprensión. Les resolvía todo lo que necesitaban. Y los niños le correspondían en el afecto. Me comentó en una ocasión, con los ojos rojos, que estuvo unos días en el hospital y al volver varios chiquillos se acercaron, tímidos, a su casa para preguntarle que si ya estaba bueno y le dijeron que se alegraban. Aquello le llegó al alma. En otra ocasión una niña, una mujercita, acogida en su casa le dijo: “Pepe, ¿puedo decirte papá? Aquello le compensó de todos los esfuerzos, sinsabores y sacrificios que estaba soportando.
– Simultáneamente a toda esta batalla desarrollaba los trabajos profesionales que le salían, dando cochazos de taller en taller y de pueblo en pueblo porque al monstruo, la fábrica en reconversión, había que mantenerlo. Había que pagar la luz, el agua, la basura, el IBI…
– Y de cuando en cuando hacía una parada para nuestras gachas junto a los leños encendidos, dándole vueltas al de dónde venimos… y qué tenemos que hacer aquí. Cuando yo aparecía por allí lo dejaba todo. Siempre que lo llamé vino. Siempre que me llamó fui.
– “Pepe, ¿no te das cuenta que al día siguiente de tú “estirarla” tu familia va a poner aquí el cartel de SE VENDE? – le dije una noche junto a la chimenea casi compadecido por tanto esfuerzo – . “Mi familia hará lo que quiera, contestó, pero he decidido que esta casa tiene que ser útil para los que lo necesitan sea como sea. No podemos estar mirándonos el ombligo mientras otros tienen necesidades por cubrir: POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS”. Y desde entonces ese fue su lema. Me equivoqué: Paqui, su mujer, y sus hijas han respetado su voluntad a pesar de hacerles falta el dinero. Sus hijas, las niñas, de las que hablaba y a las que quería con pasión, cuando crecieron acudían junto con su madre periódicamente al pueblo y le “escamondaban” todos los rincones de la casa. De la casa grande, el caserón con sus apartamentos en el patio, y de la casa chica: la de arriba, la de la terraza, la de la chimenea y las gachas, la tabla y el cartón. Le señalizaron con carteles y dibujos las diferentes estancias y escribieron y enmarcaron las normas de comportamiento y convivencia de la institución que colocaron en los lugares adecuados. Le ayudaban en todo. En una ocasión a Pepe se le ocurrió montar una especie de verbena en el patio para “allegar fondos”. Y puso a trotar a toda su familia: todos de camareros. Compró cien kilos de sardinas y puso carteles anunciadores por el pueblo diciendo que las sardinas eran gratis. El personal se hinchó de sardinas y a continuación se fueron a beberse la cerveza y la Coca-Cola en sus casas que les salía más barato. Beneficio total del “evento”: 2000 pesetas de la época = 12´02 euros actuales.
Punto y aparte merece Paqui, como ya he dicho, su mujer: pacientemente lo esperaba en Málaga los fines, y muchas veces no fines, de semana y lo atendía con total entrega porque llegaba cansado y lo quería muchísimo. Se querían entrañablemente. Cuando después de irse Pepe he hablado con Paquí, he notado que se asfixiaba y teníamos que cortar la conversación. Menos mal que le ha quedado el refugio de sus hijas y, sobre todo, de los nietos, entre los que está Pepito que maneja las herramientas como su abuelo. “Las niñas” también lo han pasado, lo están pasando, mal muy mal porque sentían verdadera adoración por su padre. Paqui también batalló lo suyo en la casa: cuando Pepe empezó a llevar grupos de niños, ella se destrozaba cortando, preparando y cocinando verduras para en el primer plato darles un alimento natural y sano. Y educarlos en alimentación como era el deseo de Pepe. Pero los niños decían que “turulú”: se comían las patatas fritas con las salchichas del segundo plato y dejaban la sopita para el matrimonio y sus niñas, que tenían que crecer fuertes mediante una alimentación saludable. La “inritación” de Paqui no es difícil de imaginar. Las niñas ayudaban a su madre continuamente en servir las mesas y en los fregoteos posteriores.
– Y apareció Mariló, que fue un descanso para Paqui y ayudó en todo:
. Organizaron la Casa de Acogida para atender personas en riesgo de exclusión social.
. Crearon el Centro Especial de Empleo para dar formación profesional a los acogidos, al mismo tiempo que recuperaban los oficios artesanales de la comarca a través de los talleres “Arte de mis manos Al-Andalus”. Todo ello enmarcado en la Fundación Escuela de Solidaridad (FES).
– Cuando los saharauis que tenía acogidos le contaron a Pepe que en su asentamiento del desierto bebían agua caliente, “se plantificó” en el Sahara con la intención de resolverles, con su ingenio y buena voluntad, este problema. A punto estuvo de irse al otro mundo como consecuencia de una bajada de tensión debida al calor. No solo saharauis acogía en su casa sino personas de todo tipo y condición procedentes de cualquier parte. En una ocasión me señaló desde lejos a un niño de catorce o quince años que acababa de llegar y me dijo que había atravesado el Estrecho en los bajos de un camión. Pretendía que todos formaran una familia. Todos lo respetaban y querían y él los quería a todos y a todas, como se dice ahora. Usaba un método de “enderezamiento” disciplinario rápido: el bocinazo, que era efectivo y lo aceptaban porque, cuando lo daba, tenía razón. Antes les había razonado la cuestión, pero no se habían enterado o no se habían querido enterar. A veces tuvo que resolver y vivir casos difíciles, muy difíciles, dificilísimos. En una ocasión, una de tantas, no mucho antes de dejarnos, lo llamaron desde el centro del pueblo diciendo que uno de sus “pupilos” estaba “montando un pollo” y no había conseguido reducirlo ni la Guardia Civil. Allá que fue, como un cohete, Pepe Bravo y a punto estuvo de convertirse él mismo en un “excluido social definitivo”. Me enseñó el cuerpo lleno de moratones como consecuencia de la contienda, y se salvó porque, como él presumía, en fuerza no le ganaba nadie. Redujo al insurrecto y se lo llevó para la Casa. Como en las películas del Oeste. Mariló también “ha disfrutado”, a título personal, este tipo de “temas”. Y sin embargo continuaban. Continúan. Cosas de la vocación. Todos los residentes lo han echado, lo echan, mucho de menos y han sentido su ausencia en el fondo de su corazón. La Casa, sin sus voces y continuas subidas y bajadas de escaleras, se ha quedado huérfana.
– El Ayuntamiento de Alozaina destacó públicamente en vida la labor social de Pepe Bravo y le entregó un título honorífico de reconocimiento.
– Y se fue.
– APUNTES:
– La aparición de Mariló fue casual, pero quizás no tan casual. De una cosa no me cabe duda con respecto a Mariló: que si un día, por cualquier circunstancia, se va de la casa, se irá con una maleta (aunque no sé si tiene maleta) o una bolsa de plástico con sus trapos. Ese habrá sido el resultado material de sus esfuerzos, entrega, sinsabores y desvelos. Refiriéndome a ella le decía yo, admirado, a Pepe Bravo: “Esta es tu casa Pepe, pero Mariló está aquí a palo seco. Lo siento por su madre”.
– Al irse Pepe se presentó Carlos, un trotamundos benefactor Premio Nacional del Voluntariado que, cuando conoces lo que hace, te quedas perplejo por increíble. Es una gran ayuda para la casa y para otras muchas comunidades y personas. Gestionó el traslado a Bolivia de un gran número de grandes y pesadas máquinas de confección de Pepe Bravo, con las que se ha montado un taller que ha liberado del trabajo esclavizado e inhumano en las minas a mujeres que no tenían otro medio de vida.
– También apareció Alejo. Su colaboración y manejo de Internet está siendo muy positiva. Continuamente nos está recordando que LA CASA DE PEPE BRAVO está necesitada de todo tipo de ayuda para subsistir y nos informa sobre las actividades que se celebran en ella para poderse mantener.
– Tengo que destacar, una vez más, el espíritu de colaboración y ayuda que en todos los sentidos viene desarrollando la familia de Pepe Bravo, su esposa e hijas, a favor de la Casa de su padre para que perviva su obra como era su deseo.
– Y una curiosidad final. Todos los que conocimos a Pepe Bravo hemos sentido mucho su ausencia, pero no me resisto a destacar la reacción de su perro: joven, fuerte, alegre, vivaracho, nervioso, cariñoso. Cuando nos sentábamos Pepe y yo junto a la lumbre delante de la chimenea, toda su ilusión se centraba en meter la cabeza entre el brazo y el costado de su amo. Para hacerme una demostración de la tendencia, habilidad y fuerza del perro, Pepe apretaba fuertemente el brazo sobre su costado. Y el animal, con una fuerza increíble, lograba introducir el hocico venciendo la resistencia y, con la cabeza ante el pecho de su amo, lo miraba con una extraordinaria alegría y brillo en los ojos al mismo tiempo que movía el rabo. Algún tiempo después de irse Pepe, no mucho, volví por Alozaina y encontré al perro cambiado como del día a la noche: era una luz que se había apagado. Estaba delgado y profundamente triste a pesar de recibir más atenciones y cuidados que en vida de su dueño. Era un alma en pena que deambulaba entristecido y ausente por la casa como si fuera un zombi. Dieciocho meses después que el amo se fue el perro. ¿Estarán juntos de nuevo?

ANDRÉS MÉNDEZ Junio de 2012


Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

2 ideas sobre “La Casa de Pepe Bravo

  • francisco javier verdugo cordòn

    si señor, un texto bonito para leer, si todo el mundo tuviera la forma de pensar que tenia pepe, entonces no habria ni conflictos ni guerras ni nada de nada

  • Andrés

    Cada vez que leo este relato me harto de llorar, porque es cierto y verídico al 100%, ya que yo, como Andrés Junior lo viví de primera mano.

    No he conocido nunca a nadie como Pepe y jamás olvidaré la magnífica huella que dejó en todos nosotros.

    Siempre te querremos Pepe, donde quiera que estés.