Maxi y su padre


Mi nombre es Maximino Redondo y desde hace muchos años me dedico al mundo de la investigación. Siempre creí que investigando hacíamos algo bueno por nuestra aportación a la mejora de la salud.  Indudablemente que sí,  pero el haber tenido un contacto tan estrecho con la casa Pepe Bravo me ha hecho ver y darme cuenta de algo que desde el pico de la pirámide a veces somos incapaces de ver y sentir: la lucha contra la exclusión social y sobre todo la lucha contra la infelicidad del ser humano. Esto me hace admirar enormemente a estas personas verdaderamente vocacionales cuya máxima satisfacción en la vida no son las medallas que puedan colgarse o el dinero que puedan conseguir, sino la gran satisfacción de ayudar al necesitado, y llevarse de él esa sonrisa que quedará grabada en su memoria como el mayor tesoro que uno pueda conseguir.
En un mundo cada vez más material y basado en la consecución de unos objetivos egoístas y siempre dirigidos al yo mismo, encontrar esta pequeña isla en la que dichos equipajes quedan fuera, es más que reconfortante.  También podemos observar  como todo está siempre en progreso y en continuo movimiento, ya que una vez conseguido el anhelado propósito  estas personas increíbles vuelven a  embarcarse en otros proyectos de mejora personal.  Creo que aquí hay que detenerse especialmente en Marilo, cuya actividad frenética en este sentido nos deja, a los que la conocemos, más que asombrados. Ver cómo pasa de estar inmersa en actividades de gestión para organizar la siempre escasa economía  de la casa, a  la atención a los integrantes de la misma, como si  estuviese en permanente guardia con la única recompensa de la ya comentada satisfacción por ayudar a los demás. También mencionar a Nacha que representa ese familiar que todos hubiéramos querido tener, ayudando en todas las tareas posibles dentro de la casa. Y no olvidar a los numerosos voluntarios que dejan gran parte de su tiempo en esto. Pero sobre todos los razonamientos siempre brilla esa estrella de esperanza que parece estar p

resente de día y de noche en esa casa. El resto de nosotros podemos transformarnos en sujetos también activos y poner nuestro pequeño granito de arena,  y pedir apoyo y ayuda para que se pueda continuar este gran proyecto.

Quisiera también mencionar a los otros habitantes de la casa como Antonio, Simo, Yasim, Gregorio, Juan Diego, José,  Amed y sobre todo a mi querido Maxi. Todos forman una familia estupenda.  Sabed que tenéis nuestro apoyo y esperanza en un futuro mucho mejor. 
La casa Pepe Bravo, desde su sencillez, sigue trabajando firme, fuerte y constante y se siente como si perteneciera a  todos nosotros. Necesita el ánimo y apoyo de todas las personas. La empresa merece la pena.

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